El nacimiento de A. Una cesárea respetada.


Ya lo decían los Rolling, “You can’t always get what you want. But if you try sometimes, well, you might find… You get what you need!”. Y esa es la mejor descripción que podríamos hacer de mi parto.

En mi segundo embarazo quería tener un parto vaginal después de cesárea, estaba centrada en lo que quería e hice todos los deberes: busqué una doula que además tenía una cesárea previa y varios retoños, hice yoga prenatal, comí sano sanísimo, anduve, hice fisioterapia prenatal, de todo. Pero las semanas anteriores al parto no fueron nada tranquilas y supongo que se juntarían el hambre con las ganas de comer.

Por un lado, no me podía centrar en mí y en mi bebé y por otro, ella era grandullona. Está claro que no podemos conocer las razones exactas, pero la cuestión es que llegamos a la semana 41+3 (según los cálculos de los médicos) o bien a la 42+3 (según los míos) antes de tomar la decisión de intervenir, vamos, que la niña estaba ya bien cocinada.

Llegada ya esa fecha, me dieron la opción de una provocación al parto. Tras investigar un poco acerca de las tasas de éxito y los riesgos de una inducción tras una cesárea, me decanté por una segunda cesárea. Por circunstancias en las que no entraré en este testimonio, cambié de servicio de ginecología para el parto y el seguimiento del último trimestre tuvo lugar en el Hospital Universitario Puerta de Hierro de Majadahonda. Les presenté mi plan de parto por cesárea y me dijeron que sí a todo lo que pedía, salvo donar el cordón porque su banco de sangre no está adecuado para guardarlo desde un domingo por la mañana hasta el lunes que vengan a recogerlo.

Ingresé un domingo por la mañana, acompañada por mi marido y mi doula, que fue de retén por si mi marido decidía no entrar a quirófano en el último momento. Hablé con la matrona que me tomó las constantes, le dije que había decidido optar por una cesárea y le entregué mi plan de parto, previamente aprobado por el servicio de ginecología. La matrona me llevó a monitores y de ahí a la ginecóloga y a la sala de recuperación de anestesia, la REA. Desde ese momento todo fue rodado, la enfermera de la REA, Cristina, era súper cariñosa, estuvo atenta a mí y a mi marido en todo momento, hablando con nosotros y molestándose en conocer nuestras preferencias.

Al cabo de un ratito vino la anestesista, se nos presentó y nos contó cómo sería su intervención en el quirófano, qué tipo de anestesia usarían y me entregó el consentimiento informado para que lo leyera y firmara. Poquito después mi marido se ausentó un segundo de la sala y me llevaron a quirófano mientras el llegaba. La enfermera le dijo a las anestesistas que mi marido es muy aprensivo y que así me ponían la anestesia en lo que él llegaba y se preparaba. A nosotros nos encantó que estuviera tan atenta y se acordase de lo que le comentamos acerca de nosotros y nuestras preferencias cuando estábamos en la REA. Una auxiliar esperó a mi marido, le llevó a la sala para que se pusiera el pijama de quirófano y entrase conmigo, momento en el que todo el personal en el quirófano se nos fue presentando y contándonos lo que iban a hacer ahí. Mi marido se sentó a mi lado, detrás de la cortinilla, durante todo el proceso. Me hablaba y me ayudaba a relajarme, respirando hondo conmigo en los momentos más molestos del proceso. En unos segunditos escuchamos llorar a nuestra pequeña, la neonatóloga la revisó en los momentos que tardó en rodear la cortinilla y me la puso encima. Como pesaba tanto, les pedí que se la dejaran a mi marido, y no se movió de mi lado desde ese momento. Un rato más tarde me llevaron a la REA en la camilla, con la niña sobre mi pecho.

Estuve en la REA unas tres horas, la pequeña se enganchó al pecho nada más llegar y la dejaron haciendo piel con piel conmigo hasta casi dos horas después de nacer, que fue cuando la llevaron al pie de mi cama para hacerle todos los tratamientos neonatales con la ayuda de mi marido. Y me la devolvieron para seguir haciendo piel con piel y que ella siguiera comiendo.

Esta experiencia contrasta mucho con mi cesárea anterior, sobre todo porque entonces nos separaron nada más nacer y no pude estar con mis mellizos. Esa parte del parto fue tan negativa para mí, que esta vez mi prioridad era estar con mi pequeña en todo momento. Está claro que la cesárea no deja de ser una cirugía mayor y tiene sus riesgos, dicho lo cual, no sería un procedimiento que, personalmente, elegiría sin haber motivos médicos de peso. Pero, puestos a tener una cesárea, me alegro de haber contado con un equipo que estuviera dispuesto a adaptarse a las peticiones que tenía, que no eran muchas ni raras, y que todo el procedimiento fuera tan bien y tan fácil.

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *